Martes 07 de Julio, 2020

A propósito del próximo ejercicio costarricense de la Presidencia del SICA

16 de diciembre, 2016

Sergio Araya

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Las sociedades nacionales del siglo XXI están cada día más interrelacionadas.

La naturaleza y magnitud de los temas que configuran la Agenda Internacional, tornan en un hecho inobjetable la constante construcción de espacios y mecanismos de concertación y concreción de propuestas de acción comunes, con las cuales acometer tales tópicos.

El mejoramiento integral de la calidad de vida de las sociedades que disminuya las diversas brechas existentes; la promoción, defensa y efectivo ejercicio de los Derechos Humanos; la construcción de modelos de desarrollo humano integrales y eco-sostenibles, y el combate articulado de flagelos de alcance global, como el crimen organizado transnacional, forman parte de esa agenda común.

La interdependencia de orden económico existente en el concierto de las naciones, conocido como “Globalización Económica”, establece las bases de un nuevo orden mundial, cuya frontera parece ubicarse allende los límites del globo terráqueo.

Hoy, la globalización más que nunca reclama una posición concreta y una acción decidida de los actores políticos, sociales y económicos del Istmo, la que, sin embargo, no puede agotarse en responder de manera nacional y unilateralmente a lo que posee de entrada una complejidad que desborda ese tipo de reacción.

Inmerso en este contexto se encuentra la realidad geopolítica de Centroamérica, cuyas especificidades históricas y estructurales atraviesan la dinámica político-social antes referida.

En la línea de la construcción de propuestas estratégicas conducentes a hacer frente a tales desafíos e insertar de manera efectiva, a esta pequeña región del hemisferio en el concierto mundial, debe primero reconocerse la importancia de un esfuerzo mancomunado que pasa necesariamente por el uso de las herramientas jurídicas e institucionales provistas en el sistema de integración centroamericano

No obstante las debilidades que posee, muchas originadas en factores ajenos a su dinámica interna, es un sistema que viene construyéndose desde dos décadas atrás, a través del cual se ha buscado la potenciación de un fin visualizado desde los inicios de la historia republicana de la región.

Pero aún con lo complejo que implica el aprovechamiento real y óptimo del marco jurídico e institucional sobre el que descansa el sistema de integración, es este apenas uno de los factores a considerar en el diseño y elaboración del esfuerzo supranacional requerido.

Centrar las energías en esta dimensión reduciría el proceso a una suerte de compartimento institucional público supraestatal que la mantendría a un nivel de superestructura política ajena a las dinámicas cotidianas subyacentes a los procesos de interacción social construidas en todos los estamentos y niveles del cuerpo social.

En otras palabras, seguiría el error histórico de procesos anteriores que lo circunscribieron al ámbito político, donde se convirtió en tema de tratamiento exclusivo de élites políticas y económicas específicas.

Lea: Desigualdad social: La deuda pendiente del sistema económico en América Latina

Por ello, el proceso de integración no impactó aún en los demás segmentos de la sociedad, de tal forma que hoy, tras muchos años de desarrollo de esfuerzos de integración, pudiera apreciarse un ser centroamericano.

Al no existir participación directa del conjunto de las sociedades en los procesos promotores de la integración promovidos desde lo político, se produce una desconexión de aquel con las dinámicas reproducidas más allá de la esfera político-institucional, el cual afecta su capacidad de incidencia real, concreta, efectiva y sostenible sobre los problemas estructurales y coyunturales encarados por las sociedades centroamericanas, impidiendo la configuración de esa nacionalidad regional necesaria para dar cohesión y solidez al proceso mismo.

La efectiva visión regional que trascienda la suma de visiones nacionales, reclamado además por la compleja agenda antes apuntada, requiere un esfuerzo concertado y permanente por incorporar la voz de todos los segmentos de las sociedades involucradas en la definición de los principios, derroteros, objetivos, metas, indicadores, formas de gestión, monitoreo y evaluación de las normas, políticas, programas, estrategias y acciones concretas a través de las cuales se buscará materializar tal visión.

La atención de este tema no obstante, debe hacerse con cuidado y objetividad. En la medida de lo posible, su gestión debe sustraerse del debate esencialmente ideológico, de manera que su resultado refleje la riqueza de sociedades plurales y radicalmente heterogéneas.

En una especie de paradoja, la efectiva integración pasa por el reconocimiento de la diversidad existente y de su papel activo y consciente como catalizador del proceso a través del cual se busca la integración misma.

Los decisores públicos y sociales deben disponer del instrumental requerido para enfrentar el problema en forma profunda, integral y, especialmente, efectiva.

El otro componente estructural es el tópico de la cohesión social.

Este tópico reviste un significado especialmente estratégico: representa el vehículo sobre el que se sostiene la integración verdaderamente inclusiva perseguida.

Con la agenda antes señalada como telón de fondo, corresponderá a Costa Rica asumir la Presidencia Pro Témpore del SICA.

Las recientes polémicas suscitadas alrededor de la permanencia y rol del país en el sistema, merodearán el ejercicio de esta función. Empero no deben ser factores que afecten el sentido y el tino impreso a la misma.

Antes bien, la oportunidad es propicia para impulsar ajustes de fondo al sistema que contribuyan a convertirlo en un instrumento útil y apropiado para la construcción de esa verdadera integración necesaria.

El verdadero desafío entonces radicará en ir más allá de la visión institucional y entender al sistema como un medio y no un fin de la forja de ese auténtico espíritu centroamericano que debe impregnar a las sociedades de la región.

La coyuntura internacional, la gravedad y profundidad de los desafíos encarados y hasta el propio sistema ya existente que le corresponderá gestionar a Costa Rica durante los próximos seis meses, devienen en oportunidades que hacen de este nuevo paso por la presidencia del SICA algo más que un mero ejercicio ritual de cumplimiento de una formalidad inserta en el ordenamiento interno de aquel.

Es la opción, quizá única, de sembrar la semilla duradera y fértil de una auténtica integración de los pueblos de la Región.



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