Viernes 20 de Julio, 2018

Capitalismo informacional

02 de setiembre, 2014

Sandra González

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Las sociedades dominantes del sistema capitalista, a finales del siglo XX, reestructuraron una nueva revolución tecnológica de proporciones históricas, cuyo núcleo de transformación remite a las tecnologías del procesamiento de la información y de la comunicación; la formación de un sistema económico internacional que funciona como una unidad en tiempo real, apoyado en una infraestructura tecnológica que posibilita tal simultaneidad; y un proceso de profunda reestructuración socioeconómica a nivel global, que ha establecido las nuevas bases para la acumulación de capital y para la legitimidad política en el seno de cada nación, al tiempo que impone costes sociales significativos en todas las naciones.

Gracias a la nueva infraestructura proporcionada por las tecnologías de la información y la acumulación, la economía mundial fue capaz de hacerse verdaderamente global. Esta incumbe a todos los procesos y elementos del sistema económico. A pesar de la persistencia del proteccionismo y las restricciones al libre comercio, los mercados de bienes y servicios cada vez se globalizan más.

La economía informacional/global es distinta de la industrial, pero no es contraria a su lógica. La economía industrial tuvo que hacerse informacional y global o se hubiera derrumbado. En este nuevo contexto capitalista, el término informacional indica el atributo de una forma específica de organización social, en la que la generación, el procesamiento y la transformación de la información se convierten en las fuentes fundamentales de la productividad y el poder.

La llamada tercera revolución está acrecentando la globalización de los mercados, la internacionalización de la producción y la competencia internacional. La globalización y el cambio tecnológico en curso están reestructurando el orden económico internacional, a través de un exagerado y frágil dinamismo de los mercados financieros internacionales, a través de la creciente ampliación y diversificación de la inversión extranjera directa y de las nuevas exportaciones de servicios.

Estas condiciones exigen nuevos lazos de cooperación entre el Estado y los sectores productivos, que conduzcan a mayores inversiones en el campo de la innovación y la investigación, en el desarrollo de mayores capacidades tecnológicas endógenas y en la eliminación de la dependencia externa de los países latinoamericanos.

El Estado que le dé la espalda a esta realidad, y que no invierta decididamente en la formación y capacitación de su gente, se estará condenando a la marginalidad y al atraso secular. Pero invertir más en educación (lo mismo que en salud y en seguridad social) no es, por sí solo, garantía de éxito; si dicho esfuerzo no se inscribe en una senda estratégica que potencie efectivamente la productividad de los recursos naturales y la energía, usufructuando al máximo las oportunidades que ofrece la sociedad informacional actual.



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